El Faro, la tercera novela de Belén Garrido Cuervo
Hay personas a las que creemos conocer y con las que descubrimos, después de varios años, que no somos otra cosa que “desconocidos con el mismo rumbo” —como reza una de las sentencias de esta novela—. Y a veces pasa también que ni siquiera nos conocemos lo suficiente a nosotros mismos.
Ubicada en la Asturias de los noventa, los personajes de El faro viven inconformes —o no resignados— con lo que tienen. Quieren una relación más estable. Volver a ser quienes eran. Tener aquello que en su momento no pudo ser. O un poco más de lo que tienen ahora. Todos, además, están a punto de revelar un secreto o de que les sean revelados los suyos, esos con los que se protegían o creían proteger a otros.
Miguel es un importante restaurador de arte que regresa a Asturias tras el fallecimiento de su madre. Fue ella quien influyó en él para que se fuera a vivir a Madrid. Y aunque no se desligó del todo, ese destierro hizo que el recuerdo de su padre fuese haciéndose cada vez más opaco y tergiversado, además de truncar la relación que pudo haber tenido con Irene —su amiga desde la infancia— y a quien ahora irá redescubriendo de a poco.
El duelo lleva a Miguel a revolver el pasado. Así comienza a enterarse de lo que en verdad sucedió en torno al asesinato por el que su padre fue sentenciado a prisión y olvidado ahí por casi todos. Esto lo lleva también a cuestionarse cómo se involucró en negocios que contravenían su propia moral y principios cuando conoció a Regina, una empresaria involucrada en negocios turbios relacionados con el arte, esos que, además de traer consigo dinero, prometen fama y prestigio.
Garrido Cuervo (“La Cita” y “Nadiya, historia de una esclava”) sabe cómo lograr que la prosa pase como terciopelo por los ojos del lector y construye frases que no son piezas bonitas y sueltas para adornar páginas. Va de la espontaneidad en los diálogos —“Hay lazos que los aprieta el demonio, pero las personas somos peores”— a la reflexión melancólica de los personajes —“El trabajo de eliminar un barniz oscurecido por los siglos en una pintura es como el de ahondar en el pasado y hacerse preguntas. ¿Hasta dónde llegar?”—.
¿Y hasta dónde podemos responsabilizar a los demás de nuestras decisiones? ¿De qué sirve asumir esa responsabilidad cuando ya es tarde? Hay personas a las que creemos conocer y con las que no somos otra cosa que desconocidos con el mismo rumbo, pero ese rumbo, a veces, no lo determinamos nosotros. Cuando hacemos conciencia de ello y entendemos que no hay modo de cambiar el pasado, solo nos queda detenernos y mirar cómo seguir y hacia dónde. Igual que una obra de arte que se restaura a conciencia de que será imposible devolverla a su estado original.