Allá por 2011 escribi un relato que titulé La comisión. Contaba en tono jocoso mi asombro porque políticos que veían con horror cómo se destrozaba el idioma con el lenguaje inclusivo, callaran cuando otros lo usaban con desparpajo. En el año 2016 mi amigo Fernando Hidalgo publicó en LEA El pequeño caballo. Trata de un niño que dice a sus padres que quiere ser un caballo y estos, por no contradecirle, transforman su habitación en un establo y el niño termina rebuznando de felicidad, como un burro. Fernanzo contó que se lo había inspirado un programa de televisión en el que se abogaba por una ley trans que tuviera en cuenta la opinión de los niños a la hora de reconocer su sexualidad.
Como bien comentó Fernando al hilo del burro, cuando alguien decía una tontería, el mundo, por mera supervivencia, la diluía; pero comenzó a imponerse una tendencia en la que ante la tontería, el mundo se ponía de su lado. ¿Se podía adivinar que de aquellas barrabasadas que la mayoría no podía tomar en serio, como el jóvenas de la primera mujer de Felipe González, se llegara a la situación actual? Yo creo que no. La sinrazón que nos habita llegó como los topos, minando la tierra bajo nuestros pies. Y cuando una ley afianzaba un disparate, como topo que saca la cabeza, periodistas, políticos, televisiones, iglesia, empresarios, universidad... la defendían y el disconforme quedaba retratado. Porque no había topos, ni galerías, ni problemas. Todo era puro progresismo.
En febrero de 2026 se convocaron en varias ciudades unos seres biológicamente humanos, pero que caminan a cuatro patas, maullan, relinchan o ladran. Se hacen llamar therians. Las convocatorias no tuvieron el éxito esperado. Leo que un periodista escribe: "No ha habido therians propiamente dichos, sino gente haciendo el tonto".
Poco que añadir, pero sonrío.