jueves, 2 de abril de 2026

TIEMPOS RIDÍCULOS

Allá por 2011 escribi un relato que titulé La comisión. Contaba en tono jocoso mi asombro porque políticos que veían con horror cómo se destrozaba el idioma con el lenguaje inclusivo, callaran cuando otros lo usaban con desparpajo. En el año 2016 mi amigo Fernando Hidalgo publicó en LEA El pequeño caballo. Trata de un niño que dice a sus padres que quiere ser un caballo y estos, por no contradecirle, transforman su habitación en un establo y el niño termina rebuznando de felicidad, como un burro. Fernanzo contó que se lo había inspirado un programa de televisión en el que se abogaba por una ley trans que tuviera en cuenta la opinión de los niños a la hora de reconocer su sexualidad.

Como bien comentó Fernando al hilo del burro, cuando alguien decía una tontería, el mundo, por mera supervivencia, la diluía; pero comenzó a imponerse una tendencia en la que ante la tontería, el mundo se ponía de su lado. ¿Se podía adivinar que de aquellas barrabasadas que la mayoría no podía tomar en serio, como el jóvenas de la primera mujer de Felipe González, se llegara a la situación actual? Yo creo que no. La sinrazón que nos habita llegó como los topos, minando la tierra bajo nuestros pies. Y cuando una ley afianzaba un disparate, como topo que saca la cabeza, periodistas, políticos, televisiones, iglesia, empresarios, universidad... la defendían y el disconforme quedaba retratado. Porque no había topos, ni galerías, ni problemas. Todo era puro progresismo.

En febrero de 2026 se convocaron en varias ciudades unos seres biológicamente humanos, pero que caminan a cuatro patas, maullan, relinchan o ladran. Se hacen llamar therians. Las convocatorias no tuvieron el éxito esperado. Leo que un periodista escribe: "No ha habido therians propiamente dichos, sino gente haciendo el tonto".

Poco que añadir, pero sonrío.

miércoles, 1 de abril de 2026

LES CHOSES HUMAINES

Hace años que el cine y la literatura son productos al servicio de la doctrina woke. Lejos de primar la calidad, el objetivo es trufar con consignas, manipular el pasado, ofrecer informaciones sesgadas y ningunear la inteligencia al otorgar a las emociones el papel que debe ocupar la ciencia y el conocimiento. Todo esto hace que para preservar la salud mental solo vea cine producido en el siglo XX. Sin embargo, leí que Francia tenía una potente industria de cine y que las ayudas a la producción se basaban en criterios empresariales y, por ende, debía ganarse el favor del público si quiere sobrevivir.

El acusado es una película francesa estrenada en 2021, su crítica es excelente y abord6a desde varios puntos de vista el asunto del consentimiento de las relaciones sexuales. Animada por esa perspectiva, ya que el tema está en el código penal y nos afecta, la vi.

La película está muy bien hecha y todo lo que yo alcanzo a valorar (fotografía, decoración, vestuario, diálogos, secuencia de los hechos, música…) está cuidadísimo y, por tanto, es una película agradable de ver y entretenida. Cuando termina, mi primera pregunta es ¿por qué hay que acercarse al tema del consentimiento con tanto mimo y cuidado? ¿Por qué para dejar en el aire que puede, podría ser, es posible que haya muchos factores que influyen en las relaciones y que puede o podría ser que una mujer no tenga toda la razón, hay que hacer una historia equidistante dónde para que el muchacho quede exonerado pena ha de quedar claro que ya lo ha perdido todo? Porque esta es la esencia de la película, basada en unos hechos ocurridos en EEUU y que luego noveló una escritora francesa. He leído que para escribir la novela la autora consultó con muchos letrados, no sea que... ¿Es que no es posible hacer hoy una película o escribir una historia cuyo argumento sea que una joven acepte tener una relación, sencillamente esta no resulte acorde a sus expectativas y ella disgustada consigo misma vuelque su frustración contra su pareja?

Parece que no es posible. Parece que solo es posible acercarse a la idea de que una mujer se victimice antes de reconocer que ha cometido un error, si de alguna manera también se hace responsable al varón, o las circunstancias, o a la cultura, o a la sociedad. Es decir, recurrir a cualquier cosa antes de aceptar que los actos tienen consecuencias.

Que tanto la novela como la película se titulen Les choses humaines, pero se hayan comercializado como El acusado da qué pensar.

viernes, 6 de marzo de 2026

SANTA RITA

Me despertó la claridad que entraba por la ventana. Él dormía a mi lado y lo miré desde la apatía que siento desde hace unos meses. Me levanté, desayuné y entré al estudio, dispuse los instrumentos que necesitaba en el menú del programa de ordenador y con un clic del botón derecho apareció la imagen en la pantalla: Santa Rita, la estampa que mi abuela había guardado en un viejo libro de cocina y yo había encontrado unos días atrás. La mujercita de la frente perlada en sangre y la estaca en la mano me miraba dolorida. Al cabo de un rato y unas cuantas pinceladas, la patrona de los imposibles tenía un cutis que resplandecía con la frescura de los quince años. Igual que la mirada, que lució verdosa con un extra de brillo. La estaca terminó en la papelera de reciclaje.

—Quítame la toca y suéltame el pelo, anda. Y dame un toque de colorete hasta que me vuelva la sangre.—La Santa se miró el hábito. Le guiñé un ojo. Y mientras elegía el tono que mejor le iba, pensé en las ganas tan enormes que tenía de acostarme con el hombre que mirara con desgana hacía un rato. No tuve agallas para quitarle la cruz a la mártir pero añadí un guante de terciopelo negro que cubrió su antebrazo. Guardé los cambios en el ordenador y volví a la cama, pero antes de deslizarme bajo las sábanas, miré al cielo que se entrevía por la persiana mal cerrada.


sábado, 21 de febrero de 2026

MONEDAS DE CHOCOLATE

MONEDAS DE CHOCOLATE

Contaba mi madre que cuando su tía Alicia regresó al pueblo donde había nacido, les sorprendió el que trajera en una saca los huesos del marido muerto años atrás. Dijo que eran del amor de su vuda y no quiso dejarlos en el cementerio de una villa a la que no había de regresar nunca. Luego, espero a una noche bien oscura para enterrarlos en un lugar que no contó a nadie. Recuerdo esta historia de mi infancia porque ahora soy yo quien tiene en el regazo una caja con las cenizas de mi esposo. Y me da por pensar que sin duda hubiera preferido mil veces verme con el peso de sus huesos. La caja es muy bonita. Es de madera, tiene un dibujito tallado en la tapa y podría contener bombones, o puros, o cartas de amor atadas con una cinta de seda. Creo que cuando la elegí no estaba pensando en lo que verdaderamente iba a contener: este montón de polvo gris, un material que me dicen que es el hombre que hasta hace cuatro días dormía a mi lado. La persona que sin ninguna duda más he amado en el mundo. Y pienso que si pudiera escoger, preferiría llevarme sus huesos a casa aún a sabiendas de que cuando todos se enteraran dirían que estaba loca y rápidamente llamarían a algún sitio para que se los llevaran. Estoy segura de que a nadie se le ocurriría preguntarme qué tenía pensado hacer con ellos. Y podría tener pensadas muchas cosas. Como por ejemplo, despejar los muebles del salón, y allí, sobre la alfombra, colocarlos uno a uno hasta recomponer el esqueleto como si fuera un rompecabezas. Porque cuando estuviera completo me serviría para recuperar al menos por un momento, la estatura de mi hombre. Y podría ver con mis propios ojos aquella protuberancia que nos enseñó el traumatólogo en las radiografía cuando se le rompió el brazo derecho. Y podría reconocer a mi marido a través de la peculiar dentadura de su calavera, esos dientes que jugueteaban sobre mi cuerpo desnudo aquellas noches de desenfreno que guardo en la memoria como un tesoro. Y podría tomar su rostro entre mis manos y hacerle la caricia que llevo atragantada desde que murió. Pero no. Nada de eso me será posible y estoy pensando desalentada que me tengo que conformar con este montón de cenizas que sostengo sobre la falda sin atreverme siquiera a mirarlas, mientras todos a mi alrededor están esperando para saber qué pienso hacer con ellas. Me dicen que incluso podría llevármelas a casa. A ellas si. Por eso también estoy pensando que todos mentían cuando me decían que comprendían mi dolor. Y estoy pensando en decirles que dejen estas cenizas para alimento del diablo y que me devuelvan la caja. Creo que en el fondo la elegí para llenarla de recuerdos, sabrosos y dulces como monedas de chocolate. 




jueves, 19 de febrero de 2026

DECIR BASTA

 DECIR BASTA

El pescado se ha enfriado sobre las baldosas. Mientras contemplo sus trozos desparramados por el comedor, pienso en buscar unos guantes de goma para recogerlo porque no quiero mancharme los dedos con esa salsa blanquecina cuyas salpicaduras aparecen por todas partes. Porque a donde quiera que la vista ponga encuentro una gota de aceite, un trocito de cebolla, una mota de perejil como si todos y cada uno de los ingredientes estuvieran ahí colocados para recordarme una y otra vez lo que ha sucedido.  Como si más que un guiso hubieran creado una alianza para pedirme que diga basta. ¡Basta! ¡Basta!... El plato también se ha hecho añicos. Miro a mi alrededor y sé que me afanaré en recogerlo todo mientras pienso en lo torpe que soy; que pasaré la fregona pese al dolor intenso que siento en el brazo; que una vez todo esté seco, volveré con la escoba, hasta hacerme la ilusión de que en esta casa no ha pasado nada. Y ya mañana veremos. Porque esta noche él volverá, cansado, arrepentido, con la barba incipiente enmarcando su perfil, con la misma mirada que le recuerdo de la primera vez, cuando no tenía que andar día tras día luchando contra la voluntad de quererle. Y luego extenderá sus manos ásperas y, sólo para mi, obrarán el milagro de acariciar con tavto de deda. Y entonces cerraré los ojos, y durante un tiempo dejaré de ver la mancha indeleble de la grasa sobre la pared.