El pescado se ha enfriado sobre las baldosas. Mientras contemplo sus trozos desparramados por el comedor, pienso en buscar unos guantes de goma para recogerlo porque no quiero mancharme los dedos con esa salsa blanquecina cuyas salpicaduras aparecen por todas partes. Porque a donde quiera que la vista ponga encuentro una gota de aceite, un trocito de cebolla, una mota de perejil como si todos y cada uno de los ingredientes estuvieran ahí colocados para recordarme una y otra vez lo que ha sucedido. Como si más que un guiso hubieran creado una alianza para pedirme que diga basta. ¡Basta! ¡Basta!... El plato también se ha hecho añicos. Miro a mi alrededor y sé que me afanaré en recogerlo todo mientras pienso en lo torpe que soy; que pasaré la fregona pese al dolor intenso que siento en el brazo; que una vez todo esté seco, volveré con la escoba, hasta hacerme la ilusión de que en esta casa no ha pasado nada. Y ya mañana veremos. Porque esta noche él volverá, cansado, arrepentido, con la barba incipiente enmarcando su perfil, con la misma mirada que le recuerdo de la primera vez, cuando no tenía que andar día tras día luchando contra la voluntad de quererle. Y luego extenderá sus manos ásperas y, sólo para mi, obrarán el milagro de acariciar con tavto de deda. Y entonces cerraré los ojos, y durante un tiempo dejaré de ver la mancha indeleble de la grasa sobre la pared.
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